Brasil y sus movilizaciones

Nadie esperaba que a propósito de la realización de la copa de las confederaciones en Brasil emergiera un movimiento social de dimensiones mayúsculas. No se esperaba que uno de los países más futboleros del mundo (cinco veces campeón del mundo) fuera protagonista de semejante evento, además Brasil era mostrado en el escenario internacional como un ejemplo a seguir, ya que se había incorporado plenamente a las dinámicas de la globalización a la par de generar una política social muy potente, sólo por citar los casos del programa Hambre Cero o la indexación del aumento del salario mínimo a la productividad del país que logró que en diez años éste se incrementara en un 100%. Además este país sudamericano se había convertido en un elemento central en la configuración del Mercosur y por lo tanto en un importante motor de la economía en el Sur del continente.

Para las oligarquías brasileñas y para los ortodoxos neoliberales estas manifestaciones son un signo del fracaso de los gobiernos del Partido del Trabajo (PT), sin embargo me atrevo a decir que no es así y que precisamente lo que está fallando en aquella nación es que las dinámicas neoliberales que se han seguido en algunos rubros de la economía son los que precisamente están provocando estas crisis y es algo que parece que Dilma Rousseff, la actual presidenta, entiende muy bien.

Como en otros lugares del mundo, el fósforo que incendió la seca pradera de la indignación brasileña fueron los aumentos al transporte público, que luego se tradujeron en la exigencia de más recursos públicos a la salud y la educación en lugar de destinarlos para la construcción de estadios de futbol para el mundial que se celebrará en el año 2014. Los brasileños ya había visto esta misma historia en los juegos panamericanos realizados en Río de Janeiro, ahora lo viven con el mundial de futbol y de seguro la tendencia seguirá con la organización de los juegos olímpicos. El centro del reclamo es que se invierten recursos públicos para la realización de eventos deportivos privados (eso ya lo sabemos los tapatíos de sobra). El discurso que defiende estas cuantiosas inversiones, pero que pocas veces se cumple (hay que preguntar a griegos o retomar nuestra propia experiencia) es que habrá una gran derrama económica, se crearán muchos empleos y quedarán estas grandes obras deportivas para el beneficio de la gente. Pero no siempre es así, es más, la experiencia empírica diría lo contrario y los brasileños ya anticipan, por ejemplo, fastuosos estadios convertidos en elefantes blancos (no sé por qué sigo apelando a nuestra experiencia), y junto con las demandas anteriores los miles de manifestantes exigen acabar con la corrupción que por muchas décadas ha estado presente en la historia de esa nación.

El movimiento social brasileño como en otras latitudes del mundo no tiene liderazgos definidos, ni se han delineado jerarquías, ni cúpulas centrales que dirigen y dan “línea” a las “masas” movilizadas. Más bien hay horizontalidad, deliberación y la acción colectiva se confecciona desde las redes sociales, pero luego toma la calle como un espacio de autonomía (como lo señala Castells es su última obra). Tanto los que señalan que el movimiento está manipulado por las oligarquías brasileñas, como los que intentan adueñarse de la fuerza social que allí existe se equivocan y es que precisamente esta horizontalidad radical es el mecanismo fundamental para evitar la cooptación y la manipulación. Tan es así que los grupos de infiltrados rápidamente dejaron de tener protagonismo. Esta manera de organizarse en los nuevos movimientos sociales dificulta a los gobiernos la interlocución y la negociación, porque no es como antaño donde se convence a los líderes con ciertas dádivas y luego éstos desmovilizan a la gente. Aquí el punto de acuerdo es simplemente realizar la demanda, ni más ni menos.

Y precisamente en este punto podemos ver una diferencia entre lo que pasa en Brasil y lo que aconteció en el resto del mundo. El gobierno de Dilma Rousseff no descalificó las protestas y más bien señaló que en las calles se gesta la democracia, dio vuelta atrás en los aumentos al transporte público y además la presidenta brasileña está proponiendo algunas reformas en Brasil, entre ellas que se realice una reforma política profunda y que los excedentes petroleros se destinen en su totalidad a la salud. Rousseff entendió que esta crisis política puede representar para Brasil la oportunidad de profundizar en las políticas sociales redistributivas que tanto han deseado algunos de los iniciadores y luchadores sociales que le dieron base social al PT y acotar la fuerza del neoliberalismo brasileño y sus oligarquías, como también lo señaló atinadamente Boaventura de Sousa Santos.

Habrá que seguir observando con detenimiento lo que pasa en Brasil, por lo pronto este tipo de movimientos sociales siempre serán una buena noticia para aquellos que creemos que las cosas deben cambiar y también podría representar un ejemplo diferente de cómo un gobierno tendría que responder ante este tipo de crisis. Ojalá la clase política mexicana analizara con detalle y cuidado lo que está pasando en Brasil.

 

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