Los bosques de Jalisco

Una de las monsergas diarias que vivo en mi calle es que se estacionen autos frente a mi casa, teniendo con ello que dejar mi vehículo lejos de mi hogar y además asoleándose. Lo que provoca este asunto es simple: yo soy el único vecino de esta cuadra que mantiene un árbol frente a su casa. Es un arrayán de tamaño mediano que proporciona una sombra inigualable por mi rumbo. Las otras personas optaron por asfaltar, por poner pasto sintético, por mantener plantitas de ornato (bueno mejor eso a asfaltar) o poner árboles pequeños para evitar el deterioro de las banquetas (es decir parece que el asfalto es el bien más preciado) o simplemente para evitar barrer “el basural” que afea el bendito y sacrosanto asfalto. A mi me han dicho que la solución para evitar la monserga es fácil, quito el árbol, hago una cochera adicional para que nadie se estacione, ya no barremos “el basural” y asunto resuelto. Llevo 14 años resistiendo esa tentación.

¿Por qué compartir esta experiencia? Porque en Jalisco parece que todo es más importante que conservar nuestros árboles y nuestros bosques. Hace poco más de una semana el diario Mural nos mostró que la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG) es la que tiene el aire más contaminado del país, sumando a lo anterior se mantienen más de 10 incendios a lo largo y ancho de estado de Jalisco, además hace pocos días el Bosque La Primavera volvió a sufrir un incendio que afectó más de 180 hectáreas de la zona protegida, en el municipio de Tlajomulco siguen varios incendios sin controlar, el Comité Salvabosque Tigre II nos informó la semana pasada de incendios en Tesistán y en el propio Bosque de El Nixticuil, y si observamos otro tipo de fuentes de información, el Observatorio Jalisco Cómo Vamos plantea que la relación entre hectáreas de bosque que se incendian frente a las que se reforestan es deficitaria. Agrega que existe un parque por cada seis mil niños y que tenemos en promedio 4.5 metros cuadrados de áreas verdes en la ZMG cuando la ONU recomienda 15 metros cuadrados, es decir, contamos con poco menos de un tercio de lo que se necesita. Eso sí tenemos más autos, más fraccionamientos, más calles, más asfalto y por supuesto más calor, menos agua y desafortunadamente menos calidad de vida. El mito de que este tipo de desarrollo mejorará nuestras vidas vuelve a fallar.

Esta dinámica no es nueva y la respuesta gubernamental tampoco. Hay discursos grandilocuentes y hasta actos públicos de políticos sembrando arbolitos, planes de que ahora sí se resolverá el asunto, de que destinarán más recursos para combatir los incendios, de que castigarán a los culpables de las conflagraciones, de que modificarán las leyes y reglamentos para garantizar la seguridad de los recursos naturales, que expropiarán los bosques y los convertirán en bienes públicos, que pondrán en orden a las empresas inmobiliarias y hasta ahora no pasa nada, salvo incendios y más incendios y lo único que logra realmente sofocar esta situación momentáneamente es la cada vez más escasa época de lluvias. Esta es la historia cíclica de cada temporada de secas.

A todo esto se suman las precarias conclusiones que se asignan a este problema que terminan recayendo en una señora que prendió una fogata, en una familia que hizo una parrillada o en una persona que en estado de ebriedad produjo un siniestro, y sin negar que es posible que hechos de este tipo hayan encendido literalmente la mecha, el problema es mucho más profundo y complejo; y está referido a las ideas profundas de lo que consideramos progreso y desarrollo; concepciones que comparten muchas personas y la clase política, que asocian el bienestar con asfaltar y construir, es decir, con igualar el crecimiento urbano con el desarrollo. La ZMG se empieza a convertir en el ejemplo más fehaciente de que este argumento no se sostiene.

Las presiones hacia los bosques son de distinto tipo y todas tienen como común denominador el uso capitalista de sus beneficios. La primera presión ha sido la tala inmoderada de los recursos madereros porque se cortan más árboles de los que reforestan o que simplemente se talan bosques sin los permisos necesarios, en Jalisco los casos de sierras como las de Tapalpa y Mazamitla son un ejemplo de ello.

La segunda presión está asociada a la necesidad de derribar bosques para cambiar las hectáreas forestales por uso de suelo agrícola, sobre todo para productos altamente rentables en el mercado. El caso de la papa en el municipio de Tapalpa es prueba de ello.

La tercera presión se deriva de la necesidad de generar desarrollos inmobiliarios de alto valor que precisamente por su cercanía a los bosques son objeto de la codicia capitalista. Un ejemplo de esta dinámica es lo que pasa en el Bosque El Nixticuil en Zapopan.

Mientras las políticas gubernamentales no se orienten a salvaguardar a los bosques del estado como un recurso estratégico e inamovible, es decir, que se respeten las hectáreas de bosque sea cual sea su condición, a pesar de que hayan sufrido incendios y de que podamos ver en la cárcel a todos aquellos que atenten contra este bien natural, los bosques seguirán estando bajo presión y el deterioro ambiental que tenemos en Jalisco se incrementará.

Addendum

El Congreso local tiene una oportunidad extraordinaria para reivindicarse con la sociedad con la elección del presidente del Instituto de Transparencia e Información Pública de Jalisco y con la renovación del Consejo del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana. En ambos casos es necesario un cambio profundo y una auténtica ciudadanización de estos espacios. Sería un error muy grave volver a convertir en botín político estos espacios.

A un año de la aparición del movimiento #YoSoy132 hay voces en los medios de comunicación que intentan borrar sus impactos y quieren catalogar a esas movilizaciones como un asunto efímero y cancelado. Por dolo o falta de conocimiento se convierten en voceros involuntarios del régimen e intentan minimizar los efectos (que aún no vemos en toda su magnitud) de lo que representó esta convergencia de indignaciones.

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